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martes, 17 de julio de 2007

Abogados sin títulos

Cuenta Salvador de la Colina en sus "Crónicas riojanas y catamarqueñas" (1920), que al ir a establecerse como abogado en Catamarca en 1880 se encontró con que la mayoría de sus colegas "se habían graduado a sí mismos y se llamaban letrados con igual derecho que los jefes de los montoneros (Santos Guayama, Anjel, Elizondo, etc) se titulaban coroneles". Como era de esperar, la actuación de estos improvisados hombres de derecho provocaba divertidos y a veces dramáticos episodios, pues, como señala el cronista, aunque no eran peritos en derecho, estaban magníficamente preparados "para la sátira y el apóstrofe, del que no escapaban ni los jueces si no providenciaban a su satisfacción".
En esta cuestión de agredir magistrados se destacaba "un fraile de San Francisco" de vasta clientela que, aunque "no conocía los códigos ni de vista", gustaba de lucir su firma esplendorosamente estampada en los escritos tribunalicios. Fue así que en cierta oportunidad declaró publicamente que para "litigar ante el juez Bascoy era necesario tener los bolsillos llenos de plata". Cuando el acusado lo intimó a que demostrara la veracidad de su afirmación, Reynoso (tal era su nombre), se negó argumentando: "yo no tengo nada que probar; es Bascoy el que debe justificarse".
Claro que el padre Reynoso era sólo un exponente de esa extraña fauna leguleya que se había enseñoreado del foro catamarqueño. Entre sus colegas había muchos que no le iban en zaga en eso de desbocarse. El mismo Salvador de la Colina recuerda el caso de aquel patrocinante que, llamado al órden por un juez debido a ciertas irrespetuosidades que se le habían deslizado en un escrito, se disculpó por sus brusquedades proclamando su respeto por la justicia, "aunque estuviera representada por un negro de tamaña trompa". Está demás decir que el magistrado era de piel morena, tenía la nariz chata y los labios gruesos.
Pero no sólo los abogados patrocinantes usaban lenguaje tan pintoresco. Los mismos miembros del Poder Judicial hacían lo propio, y se cuenta el caso de un vocal de Tribunal que informaba a la Cámara de Justicia sobre una visita a la cárcel, en estos términos: "Se ha practicado, Excelentísima Cámara, la visita anual de cárcel y lo primero que he preguntado a los presos es si les dan bien de comer, porque, Señor, lo primero es la barriga".
Sin embago, los fallos dictados por los tribunales catamarqueños de la época no debieron ser del todo equivocados. El mismo cronista reconoce que el sentido común, el profundo conocimiento de los litigantes y de los asuntos en disputa, permitían dictaminar con ecuanimidad y acierto. Gracias a ellos muchos funcionarios judiciales desarrollaron brillantes carreras. De la Colina recuerda el caso de uno de sus parientes, Fermín Aurelio, a quien llama doctor, aunque no lo fuera, porque se había ganado el título con "su esfuerzo propio y exclusivo, como Facundo se hizo general, con sus puños".